
Aguas, que no agua. Vientos, que no viento. Fuegos, que no fuego. Ese es el paisaje que cabalgamos, la realidad que tenemos cerca. Una variante de la gran metáfora 3.0 de las diez plagas bíblicas está cayendo sobre nosotros y nosotros —muchos de nosotros— solo miramos al cielo, imploramos que cese la locura, como si nosotros —cada uno de nosotros— nada tuviéramos que ver con el despertar de la fiera. Como si el cambio climático que muchos siguen negando no fuera una de las razones que hay detrás de toda esta furia.
No hace tanto fue el fuego. Devastador. Incontenible. Abrasador. Ahora —un mes largo ya— una cadena interminable de trece tormentas de nombres familiares y preñadas de agua y viento enfurecido nos está explotando sobre las pantallas de nuestros televisores, sobre tierras y lugares que conocemos bien porque los visitamos antes, sobre algunos de nuestros propios paisajes. No sucede lejos, en lugares que nunca pisamos, está aquí y ya forma parte de una realidad que nos parecía ajena.
El agua de los ríos se sale de los fórceps que les hemos ido colocando hasta asfixiarles. El agua de los ríos, rebosando los límites que les pusimos, inunda, arrasa sin medida a su paso casas, nuestras casas, naves, carreteras, vías de trenes, campos de cultivo, siega vidas. Y las olas del mar reclaman —como decían antiguamente— las escrituras de una propiedad milenaria que creíamos haber reescriturado a nuestro nombre e interés. La naturaleza se está rebelando y nosotros nos limitamos a mirar el cielo esperando que escampe.
Y, entretanto, mientras tanto, la respuesta que vemos es parca en el análisis de fondo. Solo puro espectáculo. Como un circo de excesos donde lo importante son los trucos del dinero rápido. Solo escenas de destrucción y muerte a la búsqueda de emociones epidérmicas. Solo lloros y lamentos ante los destrozos que se suceden. Sacos terreros contra el incontenible avance del agua liberada reclamando su espacio. Si acaso, buscamos algunos culpables para aplacar conciencias.
Nadie —casi nadie— se atreve a hablar claro en las interminables tertulias y reportajes protagonizados por voceros del desastre sobre algunas de las causas profundas que provocan tanta destrucción, tanto desánimo, tanto fuego, agua y viento desatados. Prefieren retransmitir, sanguijuelas de la desgracia ajena, el puro lenguaje de los lloros y el desgarro. Casi nadie se atreve a expresar que lo que en realidad está detrás de todo este dolor y miseria es la recogida de una mala siembra. De una mala planificación territorial y urbanística. De que hicimos infraestructuras donde no debíamos, pensando que las cosas no llegarían donde están llegando; casas en lugares expuestas al furor de las aguas arañando metros de tierra a los territorios vedados durante siglos; restaurantes, chiringuitos, paseos marítimos enraizados en la arena del mismo mar que se han demostrado castillos de papel ante el despertar y la bravura, la furia, del mismo mar que siempre estuvo ahí y al que dejamos de mirar. Y de respetar.
Y mientras asistimos al desastre, como si solo fuera otro espectáculo más, uno de tantos, no somos conscientes de que, posiblemente, se estén ya rodando las primeras escenas de un nuevo apocalipsis. Y, nosotros, como sucediera en el Titanic, discípulos del tóxico agente naranja americano, preferimos seguir dando órdenes para que la música del dinero fácil y la avaricia no deje de sonar en cubierta… sin casi ser consciente que, de seguir así, apenas quedará tiempo ni espacio para un Arca de Noé donde poder refugiarnos de tanta furia desatada.


