
Como todos los años, paso cuatro semanas de agosto, las más calurosas, en Ostende. Aquí también hace calor, pero no pasamos de los 25 grados; y por la noche se está de maravilla, pues del anochecer hasta el amanecer la temperatura ronda entre 16-18 grados. Ideal. Durante ese periodo estoy medio desconectado del mundo: no veo la tele, no leo los periódicos; si acaso, me llega lo más importante de España a través de las nuevas tecnologías; pero me evito los interminables telediarios con los mismos temas de siempre, sobre todo políticos y bélicos, y la programación de cualquier cadena, no siempre de calidad. Aquí, como en España, arrastran idénticos problemas: el más importante es que no llueve; de igual manera, los precios están por las nubes, falta mano de obra en la hostelería, el turismo está masificado, hay mucha densidad de tráfico y no hay donde aparcar… Pero los turistas compensamos bebiendo buena cerveza, degustando gran variedad de quesos y disfrutando del buen chocolate. Y tanto los paisajes rurales y marítimos como los pueblos y ciudades (no siempre Brujas, Gante y Bruselas) nos ofrecen espectaculares excursiones, museos, iglesias y un largo etcétera. Tanto a la venida como a la vuelta, recorro mil kilómetros de carreteras francesas, haciendo paradas técnicas y recreativas. Eso sí, la circulación es enorme, las retenciones frecuentes, los desvíos inesperados y la circunvalación de París un infierno. También en Francia hay bellos parajes, buenos museos, ciudades espectaculares: merece la pena. Y también tiene quesos buenos, y vinos, no siempre de calidad, pues lo que sirven en los menús es infinitamente peor que nuestro don Simón. Lo más ventajoso en los restaurantes franceses -lo digo siempre- es que, por ley, sirven agua gratuita sin solicitarla. Ventajas e inconvenientes; como dice José Mota, las que entran por las que salen.
Manuel Palazón



