
Se cumple el primer aniversario de uno de los hits que señalarán la primera mitad del siglo XXI en nuestro país: el gran apagón en la primavera de 2025. Tras la pandemia, probablemente sea la circunstancia social más comentada en cualquier foro dada su incidencia en la vida cotidiana de casi 60 millones de personas. Como hombre de radio que he sido, soy y seré, reivindico el positivo papel que este medio de comunicación jugó en nuestras vidas aquella aciaga y oscura jornada. Fue un suceso insólito por su alcance y magnitud, que nos hizo a todos partícipes de una experiencia para no olvidar nunca, de esas que se pueden contar a los nietos.
Al filo del mediodía todo se vino abajo en hogares, industrias, centros oficiales, comercios… España y Portugal (afectado de rebote) cambiaron a negro, con todo lo que eso conlleva en nuestro digitalizado y dependiente mundo. Afortunadamente era pleno día. Se vaciaron las empresas, cerraron los comercios, el personal salía de sus casas, las calles se llenaban de gente y la luz seguía escondida. La energía eléctrica había dejado de fluir. Dejaron de existir las comunicaciones: ni redes sociales, ni grupos de WhatsApp, ni emails, ni la siempre socorrida televisión. Todo desapareció. ¿Todo?
Afortunadamente, no. Como si fuera la irreductible aldea gala de los cómics, un medio de comunicación continuó llegando a todos: la Radio, con mayúscula. Una luz en medio de la oscuridad, iluminándola. La versatilidad del medio (y la previsión de sus gestores) permitió su adaptación instantánea a una circunstancia extraordinaria, con la ciudadanía demandando información y encontrándola únicamente en el transistor a pilas de toda la vida, producto estrella agotado en los bazares y comercios del ramo.
Radio Nacional de España, Cope, Onda Cero y SER, las grandes cadenas de radio españolas, llenaron el silencio. Gracias a su labor se cortaron rápidamente los rumores sobre la magnitud del suceso que se extendían por tertulias callejeras o los bares que permanecían abiertos. Que si media Europa estaba afectada, que si nos atacaban piratas informáticos, que si Putin, que si el chino o el loco de Trump.
Llegó la radio y mandó a parar. Situó el problema en su justa (y tremenda) dimensión. Cumplió su labor. El periodismo radiofónico alcanzó otra de sus históricas cotas, aunque en esta ocasión sin más compañía que la de la audiencia. No había acceso a la tele, ni a las redes, ni siquiera podía imprimirse un boletín de urgencia. Era el único punto informativo accesible, sola ante el peligro de la desinformación, de los rumores, de los bulos o de las excusas de mal pagador como la que desde el Gobierno de España apuntó a “un posible ataque informático”, cuando ya sabían que simplemente era mentira.
La radio hacía periodismo con informadores repartidos por toda la geografía nacional. Con noticias concretas y puntuales de las ciudades o los transportes aéreos, ferroviarios o por carretera, ayudándonos a paliar el aislamiento. Su función era informar y acompañar mientras esperábamos las explicaciones de la autoridad competente que tardó casi 6 horas en comparecer para no decir nada. Un año después la ciudadanía española sigue sin saber qué pasó realmente. El Gobierno ha estirado el chicle de las explicaciones repartiendo culpas entre muchos sin (todavía) aclarar nada. Probablemente en cualquier democracia occidental esta situación se habría llevado por delante a más de un responsable político pero “Spain is different”.
Frente a la inseguridad que supuso una situación tan excepcional, la compañía de la radio actuó como un bálsamo necesario para templar los ánimos de todos y combatir nuestra propia soledad. La radió iluminó la oscuridad y se comió al silencio.
Y yo, como radiofonista de pro para toda la vida, me permito decir a los cuatro vientos que ¡Viva la radio por siempre!
Benjamín Llorens desde La Hoja del lunes
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