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    «Contrastes» por Manuel Palazón

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    Era el día de Nochebuena. En Benidorm. Mañaneo en la Plaza de la Navidad y tardeo en la calle de Santo Domingo. Tuve la curiosidad de conocer de primera mano cómo se vivían esas actividades. Y me personé a las doce del mediodía en la plaza antes citada.

    En honor a la verdad, puedo decir que el ambiente era tirando a pobre, quizá por la tarde se animaría más. Tenderetes, juegos para niños y música variada, para todos los públicos. Comimos unas crêpes saladas  en uno de esos tenderetes.

    Por la tarde, hacia las seis, me adentré en la calle Santo Domingo, también denominada por el vulgo como calle de los vascos. Desde el Paseo de la Carretera hasta la plaza del Calpí calculo que circulaban, casi parados, mil, dos mil, tres mil personas. Música ambiental a tope, gente bailando y cantando con un vaso de cerveza en la mano… Eso sí, todos españoles, acaso en un gran porcentaje de nuestro pueblo. Gente joven y madura, pocos viejos y ningún niño. Una trayectoria de doscientos metros casi intransitable, apretados, sobados, calientes, eufóricos (pensé luego: magnífico escenario para carteristas y amigos de lo ajeno). No tuve tiempo, ni ganas, ni paciencia, para pedir algo de beber, seguro de que no podría sostener el vaso en mi mano.

    Cuando, finalmente, salí de aquel “infierno”, me detuve un rato en la iglesia, a punto de comenzar la misa de siete; hablé con el cura amplia y tranquilamente (silencio místico, espiritual). Después me acerqué al Mirador, totalmente silencioso y sin transeúntes, para después internarme por varias calles (poco distantes del jaleo antes descrito) que me parecían pertenecer a otro pueblo, a otro Benidorm: pueblo de contrastes, indudablemente.

    Manuel Palazón

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